LA SOMBRA PDF Imprimir E-mail
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Veinticuatro de junio. El sol hizo su parada en el cenit, como cada año, y allí permanece, quieto, vestido con sus rayos de domingo.

Me voy un par de días a… ¡Solsona!

Ese es el lugar que mi pulgar derecho ha elegido, a ciegas, en un mapa del Pirineo.

¿Solsona? –mis compañeras, empleadas del turno de mañana, me miran atónitas?. ¿Qué se te ha perdido allí?

Ni idea –les respondo, mientras me desabrocho la bata y suelto la melena guardada en el gorro de trabajo? Lo sabré cuando llegue. ¡Hasta el lunes!

Salgo de la panadería, llego a casa, me despido de mi marido y mis hijos, pongo la lavadora, cargo la nevera, friego el suelo, hago la maleta, riego las plantas, lleno el depósito y me voy.

Conduzco con la mente casi en blanco, como un ave que vuela guiada por su instinto totalmente articulado. Dejo atrás las montañas verdes y azules, dejo atrás las curvas y los puertos. La meseta me abre un nuevo horizonte. El cielo se dilata a medida que avanzo. Jugar a ser lo conocido y lo desconocido. Trampear al destino y probar suerte con lo inmediato. Un punto y aparte. Un paréntesis. Un par de espacios antes de un nuevo párrafo. No aspiro a nada más que a eso.

Solsona a cuatro kilómetros. Han transcurrido cinco horas y ni me he enterado. Llego a la rotonda de la entrada. Sigo a los carteles. Una comitiva de gente espera a la puerta de un hotel: Hotel Sant Roc. Suena bien. Aquí me apeo.

La comitiva cruza la calle. Salgo del coche. Saco los bártulos y me dirijo hacia la escalera del edificio. Mucha luz, mucho sol…, y algo raro que todavía no consigo saber qué es. Miro al cielo, miro alrededor, miro al suelo… ¿Mi sombra?

Intento tranquilizarme. ¿Será el calor o será esa tendencia a la ensoñación que heredé de mi madre y que tanta ayuda me aporta cuando me doy cuenta de que llevo casi un cuarto de siglo cociendo el mismo pan, fiel a la receta de siempre?

Entro en el hotel. Seguro que vale un pastón. No importa. Llevo cinco años preparando esta escapada, lo saben muy bien en casa, siempre lo he ido dejando para otro año, pero ese año llegó.

La recepcionista me pregunta, en catalán, si vengo a las “trovadas”.

Vengo… a renovar aires –le respondo, sonriente, mientras busco el DNI. Parece que mi respuesta conjuga bien con la pregunta que me acaba de hacer porque ella también sonríe, a la vez que atiende el teléfono y me entrega una llave.

En esto, llega un señor bajito de gafas, me pregunta, casi afirmando, si soy Esperanza Agirre, me da la bienvenida, y me hace un gesto como que deje los bártulos y me apure. Esperanza sí que soy, pero no Agirre, sino Arregi. ¿Qué hago? ¿Le digo algo?

La recepcionista me indica que deje el equipaje al otro lado del mostrador y sigue hablando por teléfono.

De acuerdo. Guardo, pues, mi DNI, me miro y remiro con disimulo: ni rastro de sombra. “Será por las luces, que son especiales”. No quiero asustarme.

Decido seguir al señor de gafas, que esta vez afirma, más que pregunta, que seré la que viene en lugar de la otra. La verdad, no sé muy bien a qué tipo de otra se refiere, porque habla un catalán bastante cerrado, pero no hay tiempo de explicaciones ya que enseguida llegamos al grupo, el mismo que vi al llegar al hotel hace cinco escasos minutos.

Es Esperanza Agirre, la sustituta de Euskadi –esta vez lo dice bien claro, como para que lo entienda toda la gente.

Esperanza… repito con ánimo de rectificar, pero no sigo: ya es demasiado tarde.

¡Vaya! Como la presidenta… oigo comentar a alguien.

Una docena de caras risueñas se acercan a mí. Besos y saludos. No puedo con tanto nombre. Sigo a la tropa. Llegamos a la terrasa del 3r pis del mateix Ajuntament. Precioso. Un balcón con arcos desde donde se divisa la ciudad. Me siento de otro tiempo. Luz. Brisa. Sonrisas. Más nombres, más caras, más saludos. Champán y pastelitos. Foto de escritores invitados. Socorro.

Miro detrás con disimulo: mi sombra sigue de vacaciones. Opto por estornudar seis o siete veces y taparme la cara con las manos.

Rinitis primaveral –me excuso.

Salimos del ayuntamiento y nos adentramos en otros espacios. El director del Museo Diocesano nos acompaña y comienzo a conocer un poco más la ciudad que he escogido al azar para este fin de semana.

Entre otras muchas cosas descubro su sal, símbolo de riqueza, dinero, intercambio, viajes, poder… Recuerdo un cuento que contaba mi padre, en el que un viudo pregunta a sus tres hijas qué les parece más importante en esta vida, un padre o la sal. Las mayores responden, que por supuesto, lo más importante es tener un padre. Pero la pequeña es de la opinión de que en esta vida se puede vivir sin padre pero no sin sal. El padre la echa de casa y la muchacha emprende un viaje iniciático en busca de su propia sal. Por supuesto, la encuentra, pero ejerciendo de ama de casa como esposa de un mayorazgo enamorado que la necesita para continuar con su estirpe, cuidar de la familia y cuidar de él.

Aterrizo. El entusiasmo del director del museo diocesano hace que vibren las paredes. Me doy dando cuenta de que Solsona vale mucho y sus habitantes lo saben.

Llamo a mi mayorazgo. El horno sigue haciendo pan, mi nido está tranquilo, todo en orden.

Una vez fuera, nos dirigimos al Pou de Gel, un enorme útero de piedra, bajo tierra, donde antiguamente se guardaba y preparaba el hielo para transportar.

Sal y hielo: dos elementos para conservar y guardar. ¿Solsona estará hecha para perdurar?

Un escritor alto y fuerte con un hoyuelo en la barbilla me pregunta en euskera qué tal el viaje y si me ha dado tiempo de organizarme en tan poco tiempo.

Oso ondo –le respondo; es decir, que muy bien, sin problemas.

Según le escucho, voy atando cabos y calculo que debo ser la única escritora libre que encontraron anoche para sustituir a la que de verdad debía de venir hoy. Bueno, yo no, la que suponen que soy, claro.

Le doy las gracias por su interés y, sin más preámbulos, me uno al grupo, pues veo que la luz está a punto de delatar mi ausencia de sombra.

La cena y la tertulia al aire libre sirven para acercarnos al que está delante. Me pasan una hoja con la frase que debo pronunciar en la cena de mañana: Mourir á Busa et resurgir a Paris, en memoria de los soldados que caían al barranco recitándola. Estos escritores… Qué ganas de glorificar la muerte. Con lo hermoso que es vivir. En fin. Entre risas y bromas me indican que debo de hacer énfasis en la “u” francesa de Busa.

¡Ah, vale, vale…!

Disimulo y cuento las sombras. Siempre falta una. Me arrimo a quien proyecta la más grande.

El Hotel Sant Roc es formidable. Mi habitación es como una buhardilla con un gran baño y una cama gigante. No sé si dormir de largo o de ancho. Opto por la convención y me tumbo de largo y al lado derecho, como en casa.

Al día siguiente, me despierto como todos los días: a las cinco y media. Sin embargo, hoy no tengo que sustituir a ningún turno de noche, ni tengo que volver a casa a las ocho para despertar a mis hijos, preparar el desayuno, llenar la olla exprés, tender la ropa, desayunar y volver al horno para las nueve. Hoy opto por ir al baño y volver a la cama, hasta que aguante.

Pero, antes, enciendo las luces y voy colocando delante de cada foco distintos miembros de mi cuerpo: un pie, un brazo, mi cabeza, mi trasero… Increíble. Es como si no existieran. Orino durante quince segundos. Eh ahí otra prueba científica de que existo. Me miro en el espejo: ahí están las tres arrugas de la frente, ahí están las ojeras, ahí están los surcos alrededor de la boca, ahí están las canas del flequillo pidiendo un tinte.

Vuelvo a la cama y decido dejarme llevar y no preocuparme. Seguiré evitando la luz y las fotos, caminaré en grupo, bajo la sombra de alguien, procuraré no hablar mucho y ya está. Cierro los ojos con la intención firme de volverme a dormir, por lo menos hasta las nueve. En vano. A las seis y media me levanto, me ducho y espero despierta hasta que la gente se levante.

Hay una bolsa con un montón de libros. Cojo un mapa y todo lo demás lo guardo en mi maleta. Pienso que podría marcharme ahora mismo, antes de que se líen las cosas. Pero, ¿por qué iba a hacerlo? Parece que cumplo la función de sustituir a alguien, de modo que lo mío ya está pagado, y con este nombre de presidenta que me han dado,”¿quién va a dudar de mi?

A nada que empieza el ruido de duchas y bombas, bajo al comedor. Debo de ser la primera: no hay nadie. La recepcionista de ayer me saluda con un “bon día” de lo más sonriente. Elijo una mesa pequeña y la lleno enseguida de café, zumo, fiambre, fruta, tostadas y bollos, para que nadie más se siente.

Después del desayuno nos recogen en autobús y llegamos a Sant Esteve d’Olius. De vez en cuando, se asoma el tejado de alguna masía lejana, pero, en realidad, las masías, no las veo. Me dicen que sí, que están ahí, y que sus habitantes se reúnen en la iglesia; una iglesia románica que está cuidada con mucho gusto.

Al otro lado de la carretera, un camino estrecho nos adentra en el cementerio. Dicen que es “modernista”. Me gusta. Cruces de distinto tipo desvelan cambios en el tiempo, cambios en el modo de pensar, cambios en el estilo de vivir. No hay calles ni tumbas cuadradas. Hay sendas, hay caminos, hay alturas, agujeros y recovecos. Pienso que deben de sentirse muy bien, los muertos, todos juntitos y arremolinados. Paseo por el lugar, guardándome del sol, me imagino sus vidas y me reconcilio con nuestro sino efímero, como decía mi padre: “Bizi denak hiltzea du zor”. Todo el que vive tiene una deuda con la muerte.

Esperanza, ¿todo va bien? –me pregunta el señor de gafas por el que estoy hoy aquí. Debe de ser el jefe.

Si, si, gracias –alcanzo a responderle con la mejor de mis sonrisas, a la vez que entro en el autobús, inmediatamente.

Respiro hondo y cambio de asiento, donde el sol no pueda fastidiarme.

Avanzamos por una carretera estrecha. Nos adentramos en la Vall d’Ora. Coca y chocolate en plena naturaleza. Esta especie de pan dulce no está mal, pero podría mejorarlo. Vemos la pequeña iglesia románica de Sant Lleïr y me siento como Alicia en el país de las maravillas. La iglesia es pequeñita pero tiene de todo, su altar, sus estatuas, su virgen, sus flores, sus bancos, su pasillo, su confesionario, su coro… Salimos y veo más esquinitas, más rinconcitos. Cuidado con el sol. Me arrimo a la pared de enfrente.

Seguidamente, visitamos el Ecomuseo, el molino y la serradora de Ca L’Ambròs, restos de una forma de vida que va quedando atrás. Oímos las explicaciones y continuamos por un sendero que nos conduce a otra casa donde vive una señora mayor de porte muy elegante. Me llaman la atención la ventana, el balcón y los rincones de su hogar, adornados con flores del tiempo, atendidos y cuidados con gotas de amor diario.

Continuamos andando y subimos por un sendero a El Pujol de la Vall d’Ora. Llegamos a una especie de portal de forma redondeada. A la izquierda hay un carro y debajo, un gato que dormita al calor del mediodía. Más esquinas, más recovecos, cada cual más bello y precioso. Entramos en la casa. Un perro como el de Heidi duerme en la entrada. Creo que sabe que lo estamos mirando. Sigue alerta; como yo.

Bebemos agua y entramos a comer. El techo del comedor es de piedra y tiene forma de bóveda. La comida es exquisita. La gente charla animadamente. Por lo que veo y escucho, casi todas las mujeres vienen acompañando a sus parejas. Me pregunto cuántos de ellos lo harían si fueran ellas las protagonistas.

Y tú, a qué te dedicas? –me pregunta, por lo que sé, la única escritora “real” de este evento.

Bebo un sorbo de vino, para ganar tiempo.

Cuezo el pan de cada día e invento historias para seguir haciéndolo –me sale.

La escritora se ríe.

Muy agudo –añade.

Bueno, parece que ha funcionado. Eso me tranquiliza. Ya tengo cinco maneras de salir viva de ésta: sonreír, callar, evitar focos y fotos, insertarme en sombras ajenas y soltar verdades generales.

Volvemos al hotel para descansar un poco y refrescarnos. Siento los pies hinchados. Me ducho alternando agua fría y caliente. Me pinto los ojos y recojo el pelo para dejar la nuca al aire libre.

Mañana vendrán los de la tele para haceros una entrevista, ¿vale? –el jefe del evento informa al grupo invitado, al bajar a recepción.

Vale. Tele: otro foco a evitar.

Entro al comedor. Me recuerda a una boda: una mesa larga, otra redonda y, al fondo, una estructura cuadrada, donde nos podemos ver las caras.

Uno de los camareros me lleva, justo, a esa estructura donde se ven todas las caras. “Procuraré utilizar mucho la servilleta, estornudar y no levantarme”. A mi izquierda se sienta un escritor que habla un catalán raro, creo que debe venir de Occitania y a mi derecha, otro escritor que creo que es miembro de la organización. A ver cómo me las arreglo.

Los camareros me preguntan qué vino voy a tomar. Los caballeros que me acompañan me aconsejan que opte por el blanco.

Pues blanco.

Delicioso. Una hoja de ruta nos indica qué es lo que vamos a comer. Comienza la procesión de bocados pequeñitos, exquisitos y deliciosos. Bromas y comentarios en occitano y catalán, intercalados de alguna frase en vasco a mis “compañeros euskaldunes” del tercer cuadrante, para disimular:

On egin! –es decir, buen provecho.

De vez en cuando llegan avisos del frente de que la función está al caer y que vaya preparando la “u”. Les sigo la broma de lejos y sigo de cerca el listado de degustación. Nos sirven champán. Frio. Qué rico. No hay que levantarse. No hay que trabajar. No hay que cuidar de nada ni nadie. Una ola de bienestar me invade. Sé que este momento es uno de esos que suelo imaginarme cuando amaso el pan o espero a que el horno pite. Pero, esta vez, elijo disfrutarlo con todos los sentidos para poderlo recordar cuando el invierno arrecie. En estos momentos, me da exactamente igual que tenga o no sombra, me apellide Arregi o Agirre.

¿Y tú en qué trabajas? –me pregunta el compañero de mesa de la derecha.

Esta vez opto por el champán, para ganar tiempo.

Soy la encargada de que no falte pan en casa. Siempre estoy buscando historias para que la fórmula perdure.

Mi compañero de mesa mueve la cabeza a un lado y sonríe como si hubiera pillado la ironía o el doble sentido de la frase.

Vaya, esto de las verdades generales funciona.

No sé si son los bocaditos, el vino blanco, el champán o el cuento dónde me he metido, la cuestión es que las palabras salen de mi boca como si tuvieran vida propia. Sin embargo, de pronto, el tono de la velada cambia y la armonía de la sala parece que se rompe: media docena de comensales, incluido el de mi derecha, se esconde en no sé dónde. Caras serias de chiste entre los responsables.

Al rato, vuelven las bromas con la “u” y vuelven los que desplegaron alas, disfrazados de militares. Levantan un pódium (el banco de los baños) y comienzan a cantar nombres. Al llegar al último, me miran y sonrío. No sé qué hacer. Me preguntan algo de un texto.

El texto… Ya, ya, sí.

No sé a qué digo que sí, pero supongo que hay tiempo de averiguarlo pues soy la última de la lista. Tranquila. Cuida los focos. Sonríe. Observa y calla.

Comienza la sesión. Cada escritor invitado sube al pódium y lee, cuenta o recita, en voz alta, un texto ambientado en algún lugar del Pirineo. Vale, eso ya es mucho. Pero, ¿qué digo? Siento calor y frio, siento palpitaciones, siento mareo, vértigo, ansiedad, estrés, complejo de inferioridad, diarrea crónica, taquicardia y espasmos musculares. Con lo bien que estaría yo ahora en mi sofá, delante de la tele, con mi libro de Memorias del pan en el regazo y mi bata azul abrochada hasta los pies, dormida profundamente.

“A ver, Esperanza, agudiza el oído y tranquilízate”: Mourir in Busa et resurgir in Paris. Esa es la frase, la misma de anoche. Recapitulo un momento y pienso que seguro que hubo alguien que no quiso pronunciarla, porque aún tenía esperanzas de salir con vida antes de morir y resucitar en Paris.

Ya está. Contaré la historia de un superviviente. Contaré que gritó la frase y se tiró al abismo, pero tuvo la gran suerte -fruto de una calculada estrategia-, de moverse mientras se caía, hacia la pared del precipicio. Contaré que fue como nadar en el aire sin otro deseo que el de asirse a algo sólido, fuera lo que fuese. Les contaré que era una mañana de densa niebla y que eso le ayudó porque, para salir con vida de un trance semejante, es mejor no ver del todo la realidad y pensar que el suelo está ahí cerca, a nuestro alcance, si bien ese suelo no sea más que una nube espesa que deja pasar todo lo que es material, salvo la fe de un joven soldado que se afana por seguir con vida y juntarse con su novia de toda la vida y su hijo que está a punto de nacer. Contaré que el joven se agarró a varias de esas cosas materiales durante su caía, ramas, troncos, cuervos, cuerpos de compañeros, buitres, rocas y piedras, que lo fueron sosteniendo a turnos, a razón de cinco o seis segundos cada turno, salvo alguna excepción de minuto y medio, lo que contribuyó a que fuera desacelerando su caída, de modo que al llegar al suelo se rompió sólo las piernas y un brazo, pero no su corazón, que siguió latiendo, ni su esperanza, que siguió encendida, hasta que un campesino los encontró a los tres, corazón, esperanza y soldado, cerca de un río, balbuceando entre sangre y sonrisas aquello tan simple como “quiero vivir, ayúdame”.

Subo al pódium, sin sombra, por lo que no hay tiempo de vaguedades. Un par de minutos en el abismo leyendo un texto en blanco, final, frase con “u” y salto en el aire. Aplauden.

¡Aplauden! Prueba superada. Por fin, puedo ir al baño.

Me acuesto tarde y no me duermo hasta el amanecer, por lo que, al día siguiente, me despiertan unos tiros: las nueve. El comedor está a rebosar y opto por tomar un café doble en una cafetería de la manzana siguiente. Parece que estamos de fiesta y hay que proclamarlo a los cuatro vientos. Me uno al grupo que pasea por las calles, esquivo al sol que no deja de acecharme, escucho a la guía, cojo apuntes, pero a veces me evado y me fijo en otras cosas, en las casas, los portales, los tejados, los monstruitos que se atisban en las cornisas de algunas casas señoriales, las ventanas, los tiestos, la ropa tendida, el cielo azul casi perfecto, las fuentes que siguen manando agua fresca a pesar de los años, las plazas que acogen a pájaros jubilosos…

¿Recopilando datos para la narración? –me pregunta el jefe.

No sé de qué narración habla, por lo tanto, no tengo ni idea de qué responderle:

Supongo que hay que mantener la mente entrenada…

Muy bien, muy bien… Recuerda la entrevista…

Me da un par de palmaditas en la espalda y se va. Narración, entrevistas… Esto se complica: tengo que pirarme, ya. Sin embargo, no sé, algo me retiene y sigo tomando apuntes, porque eso es lo que hace esta gente. Llegamos a la catedral de Solsona con ánimo de entrar, pero nos encontramos con un funeral. Seguimos la ruta. La ciudad comienza a despertarse, se respira ilusión. Llegamos a una plaza donde unos niños adornan el suelo con polvo de colores. Me acuerdo tal día como hoy, hace cuarenta años, con mi traje de comunión, en la procesión del Corpus Christi, tirando pétalos de rosas al santo Cristo, el pelo cortado la semana anterior, paletas nuevas y sonrisa de ilusión.

Vuelvo a Solsona. Oigo un pasodoble, tzunpa-tzunpa-tzunpa-tzun. La comitiva del ayuntamiento baja por la calle mayor. Nos dirigen un saludo distinto. “Son los escritores de las trovadas”, creo leer en sus labios.

La comitiva joven y risueña baja la cuesta, a ritmo de fiesta. Después subirá la comitiva de la misa, en dirección contraria, Santo Cristo y obispo bajo el palco, gente mayor, seriedad y respeto, acordes con la procesión.

Comienzan los bailes donde niños y niñas se mueven, perfectamente ataviados, al son de la joven banda de músicos que hacen perdurar los sonidos de sus ancestros, al hilo del movimiento de ogros y danzantes, sonrisas y aplausos del público. La comitiva del ayuntamiento, acompañada del obispo, velan por el evento a la vera del muro de uno de los más hermosos edificios de la localidad, cuyo logo corresponde al de una conocida entidad bancaria. Público, palco de honor, banda municipal y curiosos visitantes formamos, pues, un círculo en medio de la plaza donde hacemos revivir y renovar un juego de experiencias que va dejando su poso, tanto en la memoria colectiva de la ciudad como en la memoria individual de cada uno de los participantes.

No sé, hay algo en todo esto que me atrae y, a la vez, no deja de inquietarme. ¿Será el poder evocador del rito? ¿Será el misterio que encierra revivir un acto, con los mismos objetos y de la misma manera que lo hacían nuestros tatarabuelos? Si es así, ¿qué es la vida? ¿Acaso, somos meros jugadores y guardianes de un juego que ya está organizado de antemano, guiado y velado por la tradición? Y, ¿qué es la tradición?

El ritmo del evento se acelera a medida que avanza el mediodía. Las tracas se suceden y caldean aún más el ambiente. No sé dónde meterme, pues no quiero quemarme y el sol no deja de acusarme. Me indican que aún falta lo mejor. Bajamos, pues, por la calle mayor y veo que, en medio de ella, están dibujando una gran línea de pólvora, acompañada de cartuchos a la izquierda y a la derecha. Intuyo lo que va a suceder y busco un escondite lo suficientemente seguro para presenciar el acto sin quemarme ni quedarme sorda.

Me aconsejan que cierre los oídos y abra la boca. Así lo hago y, en menos de un minuto, un estruendo ensordecedor y una gran humareda inundan el lugar y se hace de noche.

Miro y remiro alrededor. El humo se dispersa y el sol vuelve a brillar.

Cuento las sombras. No falta ninguna.

Ya nada será como antes.

 

 
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